Morena, ¿es el partido que requiere la 4T?

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Alberto Pérez Schoelly

Grandes augurios.

El Movimiento Regeneración Nacional acometió una tarea descomunal desde sus inicios. Nacido como un movimiento social, capturó la imaginación de millones de personas que militaban en el PRD y en otros partidos de izquierda, o bien sin tener militancia alguna en un partido político: todos por igual se sumaron al proyecto. El fallido experimento del partido de izquierda que quiso ser el PRD había iniciado un proceso de burocratización y degeneración derechista gracias a la corrupción de sus dirigentes. Entre otras razones, estas fueron las razones principales de que López Obrador se deslindara de ese partido, del cual él había sido uno de los fundadores y presidente nacional, después de las elecciones del 2012. Hasta entonces, MORENA existía solamente como una Asociación Civil, que se sostenía con donativos de sus adherentes, provenientes en su mayoría de la lucha del Gobierno Legítimo proclamado en 2006, después del escandaloso fraude electoral. 

Ese fue el inicio de MORENA, cuya formalización como partido político la autorizó el INE en julio de 2014, cuando aprobó por unanimidad conceder el registro como partidos políticos a Movimiento de Regeneración Nacional, junto con Encuentro Social (PES) y Frente Humanista (PH), ya que cumplieron con todos los requisitos. Los tres partidos cumplieron con lo que marcaba la ley electoral: la realización de 20 asambleas estatales o 200 distritales en las que en cada una afiliaron a 3 mil o 300 personas, respectivamente. MORENA registró 131 mil 205 afiliados en 32 asambleas estatales, único partido que fue capaz de hacerlo de esta manera. 

La constitución como partido político ya había sido motivo de fuertes y acaloradas discusiones dentro de la militancia, ya que había muchos partidarios de que MORENA siguiera como movimiento social mientras que otros estábamos decididos a formalizar a nuestra organización como partido político, ya que no había otra manera de arribar al gobierno mediante la vía pacífica electoral. Finalmente, se decidió que MORENA es un partido-movimiento, esa personalidad dual permite que nuestra organización participe en movimientos sociales y también en contiendas electorales. Para AMLO, esto era fundamental. En algún momento, llegó a declarar que la lucha por la defensa del petróleo era tan importante, que si el INE y el gobierno decidían castigarnos y negarnos el registro como partido, tendríamos que seguir la lucha por la defensa del petróleo, dándole prioridad política a nuestro movimiento. 

La fuerza principal de MORENA radicaría en sus comités de base, que pueden ser territoriales, temáticos o sectoriales. Esta estructura se impulsó en todo el país, y fue decisiva en el logro de la legalización de MORENA como partido político. Se tuvieron grandes avances, creando comités en colonias, pueblos, barrios, fábricas, ejidos y escuelas. 

El objetivo primordial: ganar la Presidencia de la República

El trabajo de todos esos comités de base se puso a prueba en varias campañas que se hicieron en el periodo 2012-2014: la defensa de la economía popular, la obtención de 3 millones de firmas para que se hiciera la consulta sobre la reforma energética, y otras más. Una movilización casi constante. 

Ese grado de movilización mostraba el músculo de MORENA cada vez que era necesario, y el Zócalo era fácilmente llenado con miles de personas cada que fuera necesario. El poder de convocatoria de Andrés Manuel siempre fue un poder suficiente y bastante para poder hacerlo. Posteriormente vendrían las elecciones intermedias de 2015, donde MORENA obtuvo unos resultados increíbles en muchos estados del país. Recordemos que apenas un año antes había obtenido su registro como partido político. 

En algún momento del año 2016, AMLO diseñó una estrategia que reforzaría el trabajo territorial llevado a cabo hasta el momento, pero haciendo tiros de precisión en lugar de tiros con perdigones. Planteó al recién nacido partido constituir coordinaciones por cada uno de los 300 distritos federales electorales, que partirían desde hacer comités integrados por 8 personas en cada sección electoral, así como coordinaciones por entidad federativa, que supervisarían el trabajo de cada coordinador distrital. Estas 300 coordinaciones distritales le respondían a cada coordinador estatal y, finalmente, directamente al mismo Andrés Manuel. Con la experiencia que se había tenido en las elecciones de 2006 y del 2012, estaba demostrado que las estructuras partidarias tradicionales tenían un desarrollo desigual y combinado, con muchas ineficacias en algunas regiones o sectores y lastres burocráticos en otros. 

La militancia de MORENA, en todos los Estados del país, nos dimos a la tarea de construir pieza por pieza la maquinaria que cuatro años más tarde llegaría a tomar el poder, en un evento insólito a nivel mundial, ya que en las elecciones de 2018 no solamente se llevó a la Presidencia de la República a AMLO con más de 30 millones de votos, sino que se ganaron cinco gubernaturas (y serán 6 con la de Puebla, seguramente) de ocho en disputa, 69 senadores y 310 diputados federales, 385 diputaciones locales, 314 ayuntamientos y 11 alcaldías, incluyendo la Jefatura de Gobierno de la Ciudad de México y 13 capitales estatales. 

Esta hazaña se pudo hacer, sin falsa modestia, gracias a la abnegación y al trabajo desinteresado de millones de morenistas en toda la República. De esta manera, la mentalidad de estratega que tiene Andrés Manuel definió una “estructura paralela” -que era conocida dentro del partido como “la estructura de Andrés Manuel”- que solamente tenía un objetivo: ganar las elecciones del 2018. Si en cada uno de los 300 distritos se podía contar con el apoyo y la colaboración de las estructuras formales del partido, excelente. Si no, cada coordinador estatal tenía sus metas y su propio equipo de trabajo para sacarlas adelante. No se iba a dejar al azar el resultado electoral. Lo importante, se repetía hasta el cansancio, era “la victoria de Andrés Manuel”. Y así, con ese objetivo prioritario en mente, se hicieron designaciones en muchas ocasiones nada gratas para la militancia, tales como las denominadas “coordinaciones o delegados estatales”, o bien “enlaces” en sustitución de las estructuras formales del partido, llámense Comités Ejecutivos Estatales o Comités Ejecutivos Municipales o Delegacionales. La militancia del partido, en todo el país, se volcó a la formación de los comités seccionales, para contar a tiempo con una estructura electoral a prueba de fallos. 

Y por esa razón, por acuerdo del Consejo de MORENA, se pospusieron las elecciones de esos órganos de dirección locales y regionales del partido, ya que la concentración que requería la formación de los comités seccionales no debía dispersarse en procesos electorales internos que requieren de selección de candidaturas, asambleas y movilizaciones. Nada debía de constituir un elemento de distracción ante el objetivo prioritario. 

Demasiadas expectativas en juego

El 1º de julio asistimos a una insurrección cívica. Finalmente, el trabajo de millones de personas para derrocar al régimen neoliberal se hizo realidad. MORENA y AMLO no solamente ganaron, sino arrasaron en casi todo el país. Esto se debió fundamentalmente a tres factores: en primer lugar, al trabajo del mismo Andrés Manuel visitando más de una vez cada uno de los municipios del país, en un trabajo incansable de difusión y propaganda que ya llevaba 18 años. En segundo, al trabajo de miles de militantes haciendo esas mismas labores en cada barrio, en cada colonia, en cada pueblo. En tercero, al hartazgo de la sociedad con los malos gobiernos del PRI y del PAN. En enojo social fue más que evidente. El llamado “efecto AMLO” se hizo evidente en todo el país, e hizo ganar a los candidatos locales y federales de la coalición “Juntos haremos historia” en casi todo el país, excepto en aquellos lugares donde una evidente mala selección del candidato no lo permitió. 

A lo largo de 18 años, Andrés Manuel López Obrador se construyó a sí mismo una identidad política y una autoridad moral incuestionables. A pesar de los intentos de todo tipo del régimen neoliberal para atacarlo, al final eso solamente lo fortalecía cada vez más. Hasta el momento, los ataques de la derecha siguen siendo totalmente ineficaces para mermar su popularidad. Pero esto puede cambiar. Ahora él es el Presidente de todos los mexicanos, y ya no es el dirigente de MORENA. 

El partido, podría decirse, está ahora huérfano de padre. Ya no es el dirigente máximo ni su principal activo político. De forma clara y explícita, él ha señalado que no intervendrá más en asuntos internos del partido ni en las designaciones partidarias. Aquella vieja tradición priista (y también panista) de que el Presidente de la República era el “primer priista del país” está desaparecida para siempre. Andrés Manuel no es “el primer morenista del país”. 

Ahora MORENA tiene que construir su propia identidad política y, sobre todo, su propia autoridad moral. Esta última característica, tan fuerte en AMLO candidato-dirigente político, fue su principal fortaleza en todas las contiendas electorales en las que participó, y fue el ingrediente principal en la victoria histórica del 1º de julio. Esta misma fortaleza es la que tiene que construirse MORENA, porque es inexistente en estos momentos. 

Ahora se está sufriendo por las decisiones que el partido adoptó en sus dos últimos congresos, en el sentido de posponer la renovación de sus órganos de dirección locales, regionales y estatales, así como mantener en funciones de la Presidencia del CEN a Yeidckol Polevnsky. Estas decisiones, si bien fueron acertadas en su momento, para concentrar todos los esfuerzos de la militancia en la construcción de la estructura electoral, una vez logrado el triunfo solamente han causado una grave parálisis y desmovilización en las actividades del partido. 

Los comités de base, que en el periodo anterior 2012-2018 fueron movilizados sin cesar para diferentes campañas, y luego desmembrados para repartirlos y formar con ellos los comités seccionales, están casi en su totalidad desmovilizados e inactivos. La militancia en muchas partes está confundida y sin información de su partido. El periódico de MORENA, Regeneración, que había sido durante años el vehículo para llevar a los rincones más alejados del país las propuestas de MORENA y las ideas de Andrés Manuel, ha dejado de publicarse. La militancia tenía en Regeneración un instrumento para la organización de sus comités de base y para la agitación y propaganda. La calidad periodística de ese instrumento era innegable. En sitios muy localizados donde apenas en 2012 su circulación se dificultaba por el rechazo de la población, a fines de 2017 era demandado por esas mismas personas que antes lo rechazaban.

En síntesis, tenemos un partido en el poder, pero que no tiene estructura real ni dirigencias electas. El mismo CEN no se ha reunido. En muchos estados del país se tiene a un partido descabezado. Padecemos dirigencias virtuales. Tal parece, viendo los resultados electorales del 1º de julio, que el pueblo mexicano se decidió por eliminar, borrar del mapa, al sistema de partidos políticos. Y aunque MORENA arrasó electoralmente, paradójicamente esa victoria parece haber destrozado su estructura. De tal manera que, si tuviéramos que responder al interrogante de si MORENA es el partido-movimiento que requiere la 4T, tendríamos que contestar negativamente. No lo es en sus condiciones actuales. De los militantes de MORENA, de todos nosotros, depende que sí lo sea.

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